Cada 31 de mayo, Castilla-La Mancha celebra su día. Es una fecha para mirar lo que somos, reconocer el camino recorrido y reivindicar una identidad construida a base de esfuerzo, diversidad y arraigo. Pero también debería ser una jornada para preguntarnos qué queremos ser dentro de diez, veinte o treinta años. Que queremos ser de mayor.
Durante demasiado tiempo, una parte importante de los jóvenes de esta tierra ha crecido escuchando una misma idea: «para prosperar hay que marcharse». Marcharse a Madrid, a Valencia, a Barcelona o al extranjero. Buscar fuera las oportunidades que aquí parecían escasas. No porque faltara talento, ni preparación, ni ganas de emprender. Simplemente porque el futuro, según nos dijeron, estaba en otra parte.
Sin embargo, algo está cambiando.
La revolución tecnológica, la digitalización de la economía, las nuevas formas de trabajo y el auge de sectores ligados a la innovación están cuestionando muchas de las certezas que parecían inamovibles. Hoy es más posible que nunca desarrollar un proyecto profesional desde una ciudad media o incluso desde un pequeño municipio. La distancia pesa menos. La conectividad importa más. Y la calidad de vida se ha convertido en un factor que las nuevas generaciones valoran tanto como el salario.
Castilla-La Mancha tiene ante sí una oportunidad histórica. Una de esas que no aparecen todos los días. Porque dispone de algo que muchas regiones europeas buscan desesperadamente: espacio, recursos, capacidad energética, una posición estratégica en el centro de la península y una red de ciudades capaces de crecer sin renunciar a la cercanía ni a la escala humana.
Pero las oportunidades, por sí solas, no garantizan nada.
El verdadero reto no consiste en convencer a los jóvenes de que amen su tierra. La inmensa mayoría ya lo hace. El reto es lograr que no tengan que elegir entre ese amor y su proyecto de vida. Que quedarse deje de percibirse como una renuncia y pase a entenderse como una posibilidad real de desarrollo personal y profesional.
Para ello hacen falta políticas públicas, sí. Pero también visión colectiva. Hace falta apostar por la innovación no como una palabra clave presente en cualquier discurso ‘random‘, sino como una estrategia de futuro. Hace falta fortalecer el tejido empresarial, atraer inversión, facilitar el acceso a la vivienda, mejorar el acceso a servicios sociales y sanitarios, mejorar las comunicaciones y convertir el conocimiento en riqueza. Hace falta, en definitiva, crear un ecosistema donde el talento encuentre motivos para quedarse y donde quienes se fueron encuentren razones para volver.
El problema nunca ha sido la falta de talento. Castilla-La Mancha ha exportado durante décadas investigadores, ingenieros, sanitarios, empresarios, artistas, periodistas y profesionales de primer nivel. La cuestión es cuántos de ellos y ellas pueden desarrollar aquí todo su potencial.
Quizá haya llegado el momento de dejar de hablar únicamente de despoblación y empezar a hablar más de oportunidades. De dejar de preguntarnos «por qué nos marchamos» y empezar a preguntarnos qué debemos hacer para que quedarse merezca la pena.
La Castilla-La Mancha del futuro no se construirá únicamente preservando sus maravillosas tradiciones, que también. Se construirá siendo capaz de generar empleo de calidad, de liderar la transformación energética, de incorporar la inteligencia artificial y la tecnología a sus sectores productivos sin renunciar a la mano humana, de impulsar la cultura como motor económico y de convertir sus ciudades y pueblos en lugares atractivos para vivir y trabajar.
El futuro de esta tierra no depende únicamente de recordar lo que fuimos, lo cual es importante para saber lo que somos. Depende, sobre todo, de imaginar lo que podemos llegar a ser.
En este Día de Castilla-La Mancha, quizá la mejor reivindicación no sea mirar atrás con nostalgia, sino utilizar ese pasado para mirar adelante con ambición. La ambición de una región que no quiere resignarse a perder talento. La ambición de una tierra que aspira a competir, innovar y liderar. La ambición de conseguir que para las nuevas generaciones quedarse no sea un acto de resistencia, sino una decisión llena de posibilidades.
Porque el mayor éxito de Castilla-La Mancha no será que sus hijos hablen con orgullo de ella cuando estén lejos. Será que puedan construir aquí, si así lo desean, el proyecto de vida que imaginan. Y que hacerlo no suponga un sacrificio, sino una oportunidad.

