DivagArte: Mi (real) Movida madrileña. Parte 2
El Rastro que, por ancestral, se desprecia en cierta manera y se minimiza, fue un punto clave de la Movida madrileña. Pero hubo más puntos de encuentro

El Rastro de Madrid

by | Jul 13, 2026 | #Manchactual

Qué fue la Movida madrileña, qué no... en dónde influyó y qué quedó de ese impulso cultural tan nombrado y admirado

Se han escrito ríos, cascadas y auténticos mares de palabras en torno a la Movida. Así que en este espacio tan reducido no voy a desarrollar una tesis sobre ese movimiento sociocultural, porque otros ya lo han hecho con profusión de detalles y de informaciones y porque no tengo suficiente espacio. Escribo sobre cómo lo viví yo. Qué me marcó, qué absorbí y qué recuerdo.

Sí que recuerdo, en mi tierna juventud, acercarme al Rastro de Madrid a comprar cintas de cassette baratas de música. Eran cintas piratas. Entonces no existía eso que luego se llamó el “top manta”, sino que había quienes se buscaban las habichuelas y los garbanzos a base de grabar en cintas de cassette discos maravillosos. De modo que era mucho más barato que comprar discos en tiendas, aunque el sonido no fuera el mismo ni de lejos. Y es que en mi adolescencia y primera juventud uno andaba escasísimo de recursos: disponía solo de lo que conseguía ahorrar yendo a la escuela andando, en lugar de en autobús –que me pagaban mis padres– y que lo usaba en ese mercado popular. Pero el Rastro era mucho más que eso.

El Rastro

El Rastro fue mucho más que un mercado popular de antigüedades y objetos usados durante las décadas de los 60, los 70 y después: se convirtió en uno de los escenarios de la transformación cultural de la ciudad y en un punto de encuentro esencial para la llamada Movida madrileña.

Cada domingo, el mercado se transformaba en un crisol social. Entre discos de vinilo, ropa militar reciclada, chaquetas de cuero, fanzines, cómics underground y objetos extravagantes, muchos jóvenes construían una identidad estética que rompía con la uniformidad cultural del pasado reciente. El Rastro no solo vendía objetos: vendía símbolos de pertenencia a una nueva época.

Los pintores y autores de comic como Ceesepe, El Hortelano y Montxo Algora; el fotógrafo Alberto García-Alix, la pintora y fotógrafa Ouka Lele y otros cuantos, formaron la Cascorro Factory –Cascorro es la plaza principal de El Rastro–. Una clara declaración de intenciones. Pedro Almodóvar o los grupos Radio Futura y Gabinete Caligari frecuentaban ese mercadillo que, por otra parte, existe desde 1740, en pleno siglo XVIII. Así que los modernos no inventaron nada ni inauguraron la costumbre de sumergirse en ese mar humano y de cachibaches. Y es que, muchos años antes, Gómez de la Serna, Pio Baroja, Gutierrez Solana o García Lorca, fueron asiduos del Rastro y disfrutaron y fueron influidos por ese “mercado de pulgas”, como se conoce a este tipo de mercados en el extranjero.

Una terraza en la zona de El Rastro a finales de los setenta / Creada con IA

Como cuenta Guzmán Urrero en “Mito y realidad de la Movida madrileña”: «[…] La relación entre El Rastro y la Movida también tenía un componente profundamente social. Frente a los espacios elitistas, El Rastro representaba una cultura de calle, accesible, mestiza y espontánea. Era un lugar donde lo marginal y lo artístico se confundían continuamente. Ese carácter híbrido ayudó a definir buena parte de la estética de la Movida: irreverente, colorista, improvisada y profundamente urbana».

Pero había otros muchos lugares donde tomar el pulso a la Movida. Y otro de esos sitios era el bar La Bobia, pegada al Rastro, y continuación lógica de la peña que se acercaba a ese «mercado de pulgas» llamado Rastro.

Este soy yo, en mi puesto de El Rastro a finales de los setenta. Un jipi irredento. Soy el de la izquierda, quizás con 17 años, en 1977. La foto es de mi hermano Koke (Jorge del Castillo), fotógrafo excelente, no porque yo lo diga ni porque sea mi hermano

La Bobia y el bario de Maravillas

Yo vendía en El Rastro cosas de artesanía. Jipi irredento. Y los que vendíamos en el Rastro y los que venían a comprar, acabábamos en La Bobia. Bar mítico donde los haya. En la pequeña calle de San Millán, en el número 3, situada entre la plaza de Cascorro, donde comienza El Rastro, y la calle de Toledo, es una de las cervecerías con más fama de Madrid.

Pero también es un lugar que viene de lejos porque se inauguró el 3 de abril de 1884. ¡De lejos le venía el brillo a La Bobia! Pronto comenzaría a ser el café escogido por los republicanos izquierdistas para realizar los banquetes del 11 de febrero, aniversario de la proclamación de la I República Española. Pero fue el sábado 4 de febrero de 1933, cuando La Bobia fue inaugurada como «cervecería con precios populares».

La Bobia en los años 40 y en la actualidad. Autores desconocidos para mi / Cedida

Su cercanía a El Rastro de la Ribera de Curtidores y al gran mercado de La Cebada, en el distrito de La Latina, hacía del local un lugar frecuentado tanto por la clientela del barrio como por multitud de visitantes. Durante los años treinta del siglo XX, La Bobia se anunciaba en la prensa como la cervecería más conocida de Madrid.

Una verdadera revolución se llevó a cabo en La Bobia a partir del final de la década de los años setenta del siglo pasado. La Movida madrileña, contracultura surgida tras décadas de ignominiosa dictadura franquista, eligió a este bar como eminente núcleo de reunión dominguera matutina.

Nuevos grupos de música, escritores, cineastas, fotógrafos, pintores y todo aquel que tenía algo que contar comenzó a manifestarlo allí. Ante la ausencia de revistas especializadas en explicar todo lo que ocurría en Madrid aparecieron los fanzines (ver mis artículos de esta sección del cómic underground español)

Punks, rockers, mods… todo el mundo estaba en la puerta de esa cervecería para ver y para dejarse ver, para hablar con los demás, para hablar de su música, o de su otro arte, porque había que estar allí, lloviera o no.

Chueca y Maravillas, de la mano

En realidad, el bario de Malasaña no se llama «Malasaña». Los que vivimos allí durante años –yo viví de joven en la calle de las Minas, después en la calle del Pez y luego en la calle Monteleón, las tres en el mismo barrio–, sabemos que el bario de Malasaña en realidad se llama Barrio de Maravillas. No conozco un barrio con un nombre más bonito: “Maravillas”. Pero eso es sabido solo por los de allí. Los de fuera lo llaman “Malasaña”.

Locales de la zona, como La Fábrica de pan y La Vaquería –que después se reconvertiría en el bar Libertad 8–, en la cercana zona de Chueca… O los del propio Malasaña como La Vaca Austera, en la calle de La Palma, y La Vía láctea y el Mago, ambos en la calle Velarde… fueron bares míticos que ofrecieron a sus visitantes la gloriosa experiencia de vivir la Movida madrileña en su primer esplendor anterior a la fama mediática. [Recordadme que haga una entrega de DivagArte de los bares míticos de Madrid y lo que significaron en la historia].

A la izquierda, bar La Vaquería de la calle de la Libertad, en 1975. Foto de José María Bloch, (licencia
Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International). A la derecha, su heredero, el bar Libertad
8 (Foto de Luis García bajo licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Spain)

Así terminamos esta segunda entrega de DivagArte. La movida madrileña/2. Quizá me he pasado un poco, pero quería que leyerais todas mis sensaciones de aquella época. La siguiente entrega de esta serie de 3 (lo prometo, ahí se acaba) termina y concluye mi visión de algo que ocurrió en mi ciudad de origen y que es responsable de buena parte de mi vida.

También, evidentemente, de mi salida de Madrid y mi llegada a este lugar milenario de Ciudad Real, porque todas las experiencias que vivimos nos marcan de alguna manera y nos muestran el camino vital.

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