“¿Y tú qué haces en agosto?”. Es una pregunta aparentemente inocente, de esas que hacemos casi automáticamente cuando llega el verano y empezamos a hablar de vacaciones, de fiestas, de viajes, de pueblos, de verbenas y de todos esos planes que parecen formar parte inseparable de este mes. Agosto tiene, además, una especie de guion social que todos conocemos: hay que aprovecharlo, salir, viajar, reunirse con la familia, quedar con amigos, ir a las fiestas del pueblo, aguantar hasta las tantas, disfrutar de la música, de los fuegos, de las terrazas, de las comidas que se alargan y de las noches que terminan cuando ya empieza a amanecer. Estamos en agosto y, de alguna manera, parece que eso implica que tenemos que estar disfrutando.
El problema es que no todo el mundo puede vivir agosto de esa manera y, sobre todo, no todo el mundo quiere hacerlo así. Hay personas con enfermedades o trastornos de salud mental para las que una plaza abarrotada, una noche que termina de madrugada, una comida familiar interminable o varios días seguidos cambiando de horarios y rutinas pueden resultar mucho más agotadores que divertidos; y personas neurodivergentes para las que el ruido, los petardos, las aglomeraciones, las luces, la música, el calor o la acumulación de estímulos pueden convertir aquello que para el resto es “una noche estupenda” en una experiencia de sobrecarga que necesitan evitar o de la que necesitan escapar antes de tiempo.
Y es ahí donde volvemos a encontrarnos con uno de nuestros problemas habituales como sociedad: confundimos con demasiada facilidad aquello que nosotros disfrutamos con aquello que todo el mundo debería disfrutar. Si alguien se marcha de la verbena porque hay demasiado ruido, quizá pensemos que tiene poco aguante; si no quiere entrar en una plaza abarrotada, que está exagerando; si necesita acostarse pronto, que no sabe aprovechar el verano; si no quiere acudir a una comida familiar, que ya está otra vez con sus cosas; y si decide pasar una tarde tranquilo en casa mientras todo el mundo está fuera, incluso podemos llegar a pensar que está desperdiciando agosto.
Pero quizá no esté desperdiciando absolutamente nada ya que puede que esté disfrutando de agosto de la única manera en la que en ese momento puede hacerlo. Hemos construido una idea muy concreta de lo que significa disfrutar y, aunque no nos demos cuenta, también tiene sus propias normas: disfrutar parece ser salir, viajar, bailar, beber, socializar, dormir poco, acostarse tarde, estar rodeado de gente y tener siempre algo que contar cuando alguien pregunta qué has hecho. Y cuando alguien no puede hacer nada de eso, o sencillamente no quiere hacerlo, parece que hay algo que falla.
Pero no siempre falla la persona, a veces lo que falla es nuestra necesidad de que todo el mundo encaje en la misma fotografía, en la misma manera de relacionarse, de descansar, de divertirse y hasta de entender qué significa tener un buen verano. Quizá para algunas personas el mejor plan de agosto sea pasar una tarde tranquila en casa, dormir, irse de una fiesta antes de que empiecen los fuegos artificiales, sentarse media hora en una terraza y marcharse cuando el ruido empieza a ser demasiado, decir que no a una comida familiar, no viajar, no querer viajar o necesitar mantener una rutina mientras todo lo que ocurre alrededor parece estar diseñado precisamente para romperla.
Y ninguna de esas decisiones debería convertirlas en personas aburridas, antisociales, raras, egoístas o menos capaces de disfrutar de la vida. Tener una enfermedad, un trastorno o una neurodivergencia no significa necesariamente que no quieras vivir, que no quieras relacionarte o que no quieras disfrutar; a veces significa, sencillamente, que necesitas hacerlo de otra manera.
Cuando hablamos de inclusión solemos pensar en rampas, ascensores, accesibilidad física o adaptaciones en el trabajo, y por supuesto que todo eso es imprescindible, pero también existe una accesibilidad mucho más cotidiana que seguimos sin comprender demasiado bien: la posibilidad de participar en la vida social sin tener que hacerlo exactamente como lo hace la mayoría.
Una fiesta inclusiva no debería ser únicamente aquella en la que todo el mundo puede entrar, sino también aquella en la que entendemos que alguien puede necesitar marcharse antes, buscar un espacio tranquilo, evitar determinados estímulos, conocer previamente qué va a ocurrir o, sencillamente, decidir que esa noche no quiere participar. Y, sobre todo, debería ser aquella en la que no hacemos sentir culpable a alguien por no disfrutar de la misma manera que nosotros.
Porque quizá no exista un “como debería”, quizá haya personas que viven agosto en una playa abarrotada y son inmensamente felices, mientras otras necesitan silencio, rutina y tranquilidad para estar bien. Unas esperan todo el año para volver a su pueblo y otras llevan todo el año esperando que llegue septiembre. Unas necesitan una verbena y otras necesitan su sofá. Unas quieren estar rodeadas de gente y otras necesitan estar solas. Y ninguna de ellas está viviendo mal el verano.
Lo que deberíamos empezar a cuestionarnos es esa idea de que existe una única forma correcta de disfrutar de la vida y, especialmente, esa tendencia tan nuestra a interpretar como un problema aquello que se sale de la norma. Porque cuando alguien tiene una enfermedad, un trastorno o una neurodivergencia, bastante tiene ya con convivir con aquello que le toca como para que además tenga que soportar que los demás le expliquemos cómo debería vivirlo, cuánto debería aguantar, cuánto debería salir o qué debería hacer para “aprovechar” el verano.
Así que durante este mes de agosto, cuando alguien te diga que no viene a la fiesta, que se marcha antes, que no quiere ir a los fuegos, que necesita descansar, que prefiere quedarse en casa o que simplemente no puede hacer lo que tú habías imaginado, quizá no tengas que preguntarle qué le pasa ni intentar convencerle de que se anime. Quizá puedas aceptar que no todo el mundo necesita vivir agosto de la misma manera y que, en realidad, eso también forma parte de convivir.
Porque la inclusión no consiste en conseguir que todas las personas puedan hacer lo mismo, sino en conseguir que nadie tenga que justificar por qué necesita hacerlo de otra forma. Y quizá por eso, cuando volvamos a preguntar “¿y tú qué haces en agosto?”, estaría bien recordar que detrás de esa pregunta puede haber alguien que no puede hacer lo que la sociedad espera, alguien que no quiere hacerlo o alguien que necesita vivir este mes de una manera que no se parece en absoluto a la que nos han enseñado que debería ser.
Y no pasa nada. No necesita que le expliquemos cómo disfrutar. Necesita, simplemente, que entendamos que también tiene derecho a disfrutar a su manera.

