Sus ojos no son un laboratorio
Durante décadas, los ojos de los conejos albinos fueron utilizados para medir la irritación de cosméticos. Hoy existen alternativas que cuestionan la necesidad de seguir recurriendo a estos ensayos.

Sus ojos no son un laboratorio / J. Carrascosa

by | Sep 28, 2026 | #ATinta

El test de Draize convirtió durante años los ojos de los conejos albinos en una herramienta de laboratorio para evaluar cosméticos. Aunque la Unión Europea ha limitado estas prácticas, el debate continúa ante la existencia de métodos alternativos capaces de reducir el uso de animales.

¿Qué hay detrás de la mirada roja de los conejos albinos? Durante décadas, sus grandes ojos fueron utilizados para probar maquillajes, champús y otros productos cosméticos. Bajo el nombre de test de Draize, algunas sustancias se aplicaban directamente sobre el ojo para comprobar si provocaban irritación, inflamación, úlceras o lesiones en la córnea.

El conejo albino se convirtió en el «candidato perfecto» para estos ensayos por una razón tan práctica como estremecedora: es dócil, fácil de inmovilizar y sus ojos permiten observar con claridad los daños. El animal permanece consciente mientras los investigadores examinan el enrojecimiento, la hinchazón, las hemorragias y la opacidad ocular que puede causar el producto.

Una mirada condenada

Lo que para el consumidor puede ser un simple rímel, una sombra de ojos o un champú, para el conejo puede traducirse en dolor, secreciones, heridas y, en los casos más graves, ceguera. La prueba puede prolongarse durante varios días, mientras los animales son observados para comprobar si las lesiones desaparecen o se vuelven irreversibles.

Sus ojos no son un laboratorio / J. Carrascosa
Sus ojos no son un laboratorio / J. Carrascosa

La imagen resulta difícil de ignorar: un animal inmovilizado, sin posibilidad de apartarse de una sustancia que le quema los ojos, mientras cada reacción se registra en nombre de la belleza.

El test de Draize ocular, presentado durante décadas como una prueba de seguridad, podía convertir los ojos de un conejo albino en un auténtico campo de experimentación. El animal era inmovilizado y una dosis de la sustancia se depositaba en el saco conjuntival de un ojo, mientras el otro quedaba sin tratar y servía como referencia. En algunos protocolos se aplicaban alrededor de 0,1 mililitros de líquidos o hasta 100 miligramos de sólidos. Además, los párpados podían mantenerse cerrados durante unos segundos para impedir que el producto saliera.

Después, el ojo podía permanecer sin lavarse durante las primeras 24 horas y era examinado al cabo de una, 24, 48 y 72 horas. Si las lesiones persistían, el seguimiento podía prolongarse hasta 21 días. Durante ese tiempo, se puntuaban la opacidad de la córnea, la inflamación del iris, el enrojecimiento y las secreciones de la conjuntiva, así como la hinchazón de los tejidos que rodean el ojo.

La suma de esas lesiones permitía clasificar la sustancia como irritante, corrosiva o capaz de provocar daños oculares graves. Una forma técnica de describir lo que podía incluir dolor, úlceras, inflamación intensa e, incluso, pérdida de visión.

La cosmética ya tiene alternativas

Aunque los protocolos actuales incorporan medidas de analgesia, el método sigue siendo controvertido por el sufrimiento que puede causar y porque la reacción del ojo del conejo no reproduce exactamente la respuesta humana. Por eso se han desarrollado alternativas, como modelos de piel y córnea humanas reconstruidas, modelos celulares, análisis informatizados y otros ensayos in vitro.

Sus ojos no son un laboratorio / J. Carrascosa
Sus ojos no son un laboratorio / J. Carrascosa

En la Unión Europea, las pruebas con animales para productos cosméticos están prohibidas dentro del marco vigente, aunque determinados ingredientes pueden quedar sometidos a otras exigencias de la legislación química. Mientras tanto, la guía 405 de la OCDE continúa describiendo el ensayo ocular en animales para algunas evaluaciones de irritación y corrosión.

La pregunta, por tanto, ya no es si necesitamos sacrificar la mirada de un conejo para estrenar una máscara de pestañas, sino cuánto estamos dispuestos a exigir a las marcas antes de comprarla.

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