Hay etiquetas que se ponen con una facilidad tremenda. Vago, despistada, irresponsable, desorganizado. Palabras que se utilizan a diario para definir a personas cuyo comportamiento no encaja con lo que los demás consideran normal y en muchas ocasiones, detrás de esos juicios hay una realidad que ni siquiera se ha intentado comprender.
El TDAH es un ejemplo de ello.
Todavía hay gente que piensa que el trastorno por déficit de atención e hiperactividad consiste en que un niño no para quieto, que una persona adulta es incapaz de organizarse o que todo se resolvería con un poco más de esfuerzo, como si bastara con querer hacerlo para conseguirlo, como si las dificultades desaparecieran porque alguien desde fuera decide que no son para tanto.
¿En qué momento se convirtió la dificultad de otra persona en una prueba de su falta de voluntad?
El TDAH es un trastorno del neurodesarrollo que puede afectar a la atención, la impulsividad y la regulación de la actividad y no se manifiesta igual en todas las personas y no desaparece necesariamente al llegar a la edad adulta. Sin embargo, los tópicos siguen pesando más que la realidad de quienes conviven con él.
Y eso tiene consecuencias, porque cuando a un niño se le llama vago, cuando a una adolescente se la acusa de no escuchar o cuando una persona adulta lleva años oyendo que tiene que espabilar, no se está ayudando a resolver sus dificultades. Se está añadiendo un juicio a algo que quizá ya le cuesta bastante.
No tengo TDAH y no voy a fingir que sé lo que supone vivir con él. Mi labor como divulgador de salud mental parte de otro lugar: contribuir a que realidades que muchas veces se juzgan sin conocerlas puedan entenderse mejor y eso también implica cuestionar los prejuicios que siguen circulando con demasiada normalidad.
Porque no, no todo se soluciona con voluntad ni tampoco todas las personas parten de las mismas condiciones ni necesitan los mismos apoyos. Pretender que todo el mundo funcione de la misma manera no es exigir igualdad: es ignorar que existen necesidades diferentes.
¿Y qué puede hacer la gente? Para empezar, dejar de dar por hecho que conoce las razones del comportamiento ajeno, escuchar antes de juzgar, preguntar qué ayuda en lugar de imponer lo que supuestamente debería funcionar. Y entender que adaptar una tarea, ofrecer una explicación diferente o facilitar determinados apoyos no es dar privilegios, es responder a una necesidad.
La sociedad habla mucho de inclusión y de sensibilización, pero ninguna campaña sirve de demasiado si, al terminar, las personas siguen encontrándose con los mismos prejuicios. La comprensión no se demuestra publicando un mensaje en una fecha señalada, sino cambiando la manera de tratar a los demás cuando nadie está mirando.
Este 27 de octubre es una oportunidad para hablar del TDAH. No para etiquetar a nadie, ni para justificarlo todo, sino para dejar de convertir las dificultades ajenas en defectos personales.
No hace falta tener TDAH para combatir el estigma. Hace falta dejar de juzgar a las personas por aquello que no se entiende y empezar a asumir la responsabilidad de cómo se las trata.

