Nota del Día: La croqueta bajo sospecha
El gran logro: Que comer una croqueta parezca un dilema moral con efectos secundarios

Quizá el acto más revolucionario de 2026 sea comerse una croqueta sin pedir perdón después / #Tintamanchega

by | May 6, 2026 | #ATinta

La croqueta ya no engorda. Ahora, también, genera culpa, ansiedad y debates nutricionales dignos del Congreso.

Hubo un tiempo en que la operación bikini empezaba con los mayos. España era un país sencillo. Llegaba el calor, alguien se apuntaba al gimnasio, compraba piña, juraba abandonar el pan y sufría discretamente hasta septiembre. Y, si eras treintañero millennial en plena crisis existencial, te transformabas en una butifarra del Decathlon y te convertías en runner. Era un ritual estacional, como las rebajas o las canciones del verano. Hoy todo aquello nos parecería casi entrañable.

Hoy, la operación bikini ya no dura tres meses. Ahora dura todo el año y además tiene notificaciones push. Ya no empieza en primavera, vive instalada permanentemente en el móvil, en las conversaciones y en esa sensación moderna de que uno nunca se está cuidando lo suficiente.

Antes bastaba con adelgazar. ¡Qué inocencia! Ahora, además, hay que desinflamarse, activar la microbiota, reducir picos glucémicos, optimizar el metabolismo y, a ser posible, beber algo verde que parezca césped licuado y cueste como un perfume francés. Parece ser que la comida ya no se come. Se gestiona.

Uno no desayuna una tostada, consume carbohidratos. No disfruta de un helado, tiene un cheat meal. No repite croquetas, “se ha portado mal”. Hemos conseguido convertir una tortilla de patatas en un dilema moral y unas migas en una confesión religiosa.

Pero el problema no es comerse una croqueta. El problema es que la croqueta tenga más carga moral que un debate parlamentario. Y es que hay gente que pide postre con la misma tensión emocional con la que otros firman una hipoteca.

Luego está el nuevo lenguaje del bienestar, que merece estudio antropológico. Todo es “detox”, “healthy”, “fit”, “realfooder”, “antiinflamatorio” o “sin culpa”. Especialmente lo de “sin culpa”, que quizá sea la pista más clara de que la culpa ya venía incluida de fábrica. Lo cual, en España, ya es bastante raro. Normalmente la culpa acaba siendo de Pedro Sánchez.

La industria del bienestar ha logrado algo admirable: convencernos de que vivir correctamente requiere un máster en nutrición, tres aplicaciones móviles y una capacidad de autocontrol reservada antiguamente para los monjes tibetanos.

Eso sí, todo envuelto en mensajes positivos. Porque ya nadie te dice directamente que debes adelgazar. Ahora te dicen que debes “quererte”. Aunque, casualmente, siempre hay una proteína en polvo, una app premium o una bebida de avena esperando ayudarte en ese camino hacia la autoestima. Nunca hubo tantos discursos sobre amor propio patrocinados por gente empeñada en corregirte el cuerpo.

Y, mientras tanto, la vida cotidiana española resiste como puede. Ahí sigue la madre que insiste en que repitas. El amigo que lleva diez minutos hablando del ayuno intermitente antes de atacar una ración de pisto. El cuñado que ha descubierto la dieta keto y habla de los hidratos con el mismo tono con el que otros hablan de organizaciones criminales. El compañero de trabajo que mira esa croqueta como si escondiera uranio enriquecido.

En España hemos conseguido algo extraordinario. Hacer que una comida familiar parezca un debate parlamentario sobre nutrición avanzada.

Quizá por eso tiene sentido que exista un Día Internacional Sin Dietas. No para glorificar excesos. No para convertir la salud en una broma. Sino para recordar que comer y cuidarse no debería producir ansiedad existencial.

Porque entre el culto al cuerpo perfecto de antes y la obsesión “wellness” de ahora, hemos acabado viviendo en vigilancia permanente. Solo ha cambiado el envoltorio. Antes la presión era estar delgado. Ahora, además, hay que estar equilibrado, saludable, funcional, consciente y, si puede ser, con la microbiota feliz. Agota un poco.

Al final, va a ser que el verdadero lujo moderno no es un reloj caro ni un coche eléctrico. Tal vez sea sentarse a comer sin sentirse evaluado por uno mismo, por Instagram o por un yogur con demasiados apellidos.

Así que, feliz Día Internacional Sin Dietas. Si hoy alguien le ofrece pan, pizza o una croqueta, no hace falta reaccionar como si le estuvieran proponiendo delinquir. ¡O faltar a crossfit!

Y, con la fiabilidad del ChatGPT cuando le pides una dieta para tu operación wellness de doces meses: Quizá el acto más revolucionario de 2026 no sea hacer ayuno intermitente. Quizá sea simplemente comerse una croqueta sin pedir perdón después.

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