DivagArte: Italo Calvino y su trilogía «Nuestros antepasados»
Aquí se explica cómo un autor contemporáneo acude a un pasado fabulado y fantástico para dibujar las grandes preguntas de la humanidad avanzada del siglo XX

Italo Calvino y su trilogía «Nuestros antepasados» / C. Cervantes

by | May 30, 2026 | #Manchacultura

Hijo de revolucionarios anarquistas y humanistas, Italo Calvino se inventó un pasado distinto del real para proponer una reescritura de la historia en beneficio del propio ser humano.

Italo Calvino (La Habana 1923- Siena 1985) fue el escritor italiano contemporáneo más traducido en el momento de su muerte. Entre sus obras más conocidas se incluye esta trilogía «Nuestros antepasados».

El autor

De sus datos biográficos, él mismo decía: «Sigo siendo de los que creen que sólo cuentan las obras de un autor (cuando cuentan, claro.) Por eso no doy ningún dato biográfico, o lo doy falso, o en todo caso siempre intento cambiarlo a cada vez. Pregúntenme lo que quieran saber y se lo diré. Pero nunca les diré la verdad, de eso pueden estar seguros.»

Su padre, Mario, era un ingeniero agrónomo y botánico que emigró a México en 1909, siendo un anarquista seguidor de Kropotkin. En 1917, Mario se fue a Cuba para realizar experimentos científicos, después de vivir la Revolución Mexicana. La madre de Italo era una pacifista educada en «el deber cívico y la ciencia». Quizá de ahí se traslade esa vocación humanista y militante de Italo Calvino. Durante su infancia, recibió una educación laica y antifascista, de acuerdo con la actitud de sus padres.

En 1943, fue llamado al servicio militar por la República Social Italiana. Pero desertó y se unió a las Brigadas Partisanas Garibaldi con su hermano, mientras sus padres fueron retenidos como rehenes por los nazis.

Una vez acabada la guerra, Italo se mudó a Turín, donde colaboró en unos cuantos periódicos, se matriculó en Letras y se afilió al Partido Comunista Italiano. Fue durante este período de su vida cuando entró en contacto con Césare Pavese, quien le abrió las puertas de la editorial Einaudi.

Calvino entrevistado en la RAI / Cedida

Giulio Einaudi era un editor diferente. Para él primaba más la calidad que los beneficios de las ventas de los libros que publicaba. De hecho creó una colección llamada “Escritores traducidos por escritores” en donde pagaba a dos escritores, es decir, dos veces: una, al autor del libro; y otra al escritor que lo traducía con verda­dero sentido literario y no como un mera traducción de palabras de un idioma a otro. Fue un esfuerzo gene­roso por ofrecer al lector la mejor experiencia posible.

El ambiente de la editorial Einaudi fue fundamental en la formación cultural de Calvino. Ya en 1947 publicó su primera novela: Il sentiero dei nidi di ragno, basada en sus experiencias como partisano. Y en 1949, un volumen de cuentos: Ultimo viene il corvo. Las dos obras fueron escritas dentro de la estética del neorrealismo italiano, a pesar de que, la primera, tiene un tono de fábula.

En 1952 abandonó la literatura realístico-social para dedicarse a una la narración fantástica pero que podía ser leída en diferentes niveles interpretativos. Se trata de la trilogía llamada I nostri antenati (Nuestros antepa­sados), una representación alegórica del hombre contemporáneo, de la que hablamos aquí. La trilogía está formada por tres novelas fáciles de leer, cortas, pero no demasiado: El vizconde demediado, El barón rampante y El caballero inexistente.

Mi trilogía, perdida por prestarla, como siempre / C. Cervantes

Cada novela contiene personajes maravillosos, llevados a un punto extremo en su humanidad y esencia: el vizconde Medardo de Terralba (el vizconde demediado) regresa de las cruzadas partido en dos mitades longitudinales: una mitad es buena hasta la santidad; pero la parte mala es peor que una pandemia.

El barón Cosimo Piovasco (el barón rampante) en rebeldía contra su padre, decide treparse a los árboles, de sus jardines, de donde se niega a bajar.

El último es, seguro, el personaje con el nombre más largo en la historia de la literatura: Agilulfo Emo Ber­trandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, caballero de Selimpia Citerior y Fez. Aguilufo no existe como cuerpo, pero sí como voluntad de ser y por eso es perfecto.

Estas tres novelas representan la dicotomía del bien y del mal, la rebeldía en contra de la tiranía impuesta y la voluntad de ser a pesar de la nada.

Empezamos a abordar ligeramente la primera novela. No quiero hacer espóiler, así que solo anunciaré la premisa.

El Vizconde demediado

El vizconde demediado

Medardo de Terralba es un joven vizconde que parte hacia una batalla durante el siglo XVII. Cuando la batalla se desata y el fragor es caótico, Medardo recibe un balazo de cañón en el pecho que lo parte por la mitad, logitudinalmente.

Acabada la batalla, cada bando recoge a sus heridos y muertos para darles sepultura o para someterlos a cuidados médicos. Milagrosamente, los médicos del bando de Medardo consiguen cauterizan las enormes heridas del vizconde y lo devuelven a su palacio. Pero la otra mitad no es encontrada hasta que unos campe­sinos y pueblerinos de una villa cercana lo encuentran y también consiguen salvar la otra mitad vizcondal, que termina por volver a sus territorios.

A partir de ses momento hay dos “medardos”: uno bueno hasta la santidad y otro malo hasta el terror. La mitad mala queda en palacio y la buena se aloja en el bosque. Y ambas mitades recorren los territorios haciendo lo único que saben hacer. Uno el bien máximo y otro el mal más abyecto. Pero como ambas partes son mitades del vizconde los pueblerinos de la zona se ven convulsionados por historias y testimonios que hablan de un vizconde maravillosamente bonachón y, por otro lado, otro cruelmente sádico.

El amor, como era de esperar, aparece en Pamela, una campesina que atesora encantos tales como para namorar a las dos partes del vizconde demediado. Y hasta aquí puedo leer.

Si queréis saber qué pasa, acudid a la fuente principal y leed este relato que nos pone a los seres humanos frente al espejo.

El Barón Rampante

El Barón Rampante

Biagio Piovasco y Cosimo Piovasco son dos jovencísimos hermanos que pertenecen a una familia aristocrática en decadencia, que pretende volver al modo de vida de la clase alta de otros tiempos.

Por una discusión con su padre a cuentas de la gasronomía dudosa de Battista –hermana de los dos chicos–que cocinaba con desechos e ingredientes asquerosos, Cósimo decide rebelarse ante el poder de su progenitor y se sube a un árbol y promete no bajar nunca más.

Los hermanos Cósimo y Biagio se comunican por cartas, y por esas cartas sabemos cómo transcurre la vida del rampante. Caza animales y se viste con sus pieles. Todo un troglodita, pero sobre los árboles.

Cósimo conoce a una jovencita llamada Viola y ahí nace el amor –como en cada historia de esta trilogía de aventuras increíbles– entre piratas, españoles que también trepan a los árboles, ladrones que se ocultan en el follaje…

Pero el padre de Viola decide enviarla lejos porque el comportamiento de la niña no es el adecuado.

Y ya estaría el avance de esta parte de la trilogía. Aventuras, amor, lealtad, dualidad entre el bien y el mal… No he desvelado aquí nada que entorpezca o disuelva el interés de estas tres novelas, porque os quedan muchísi­mas cosas por descubrir. Solo he querido provocaros el apetito con un aperitivo hacia una delicia literaria que no acaba aquí, porque aún queda…

El Caballero inexistente

El Caballero inexistente

Aguilulfo Emo Bertrandino (y tal y tal…) es un caballero –a las órdenes del emperador Carlomagno– que, en realidad, no existe. Es una armadura vacía de cuerpo. Vacía de físico, de músculos, huesos, tendones y venas… pero llena y rellena de una inquebrantable voluntad de ser, nacida de no se sabe dónde.

En camino hacia una batalla, Aguilulfo recibe de su emperador un escudero llamado Gurdulù, un hombre «que existe, pero no sabe que está allí». La pura antítesis del Caballero. Una especie de Quijote y Sancho, pero en otro plano.

Pronto veremos cómo Aguilulfo es un caballero diferente. Como no tiene cuerpo, no se debe a las necesida­des físicas ni pasionales del resto de caballeros. Ni necesita orinar, ni se deja llevar por el deseo de compañía femenina, ni lujuria sexual alguna, y no tiene hambre o sed. Y ni falta que le hace. Esa voluntad pétrea inconmensurable y persistente le basta y le sobra para aparecer ante el resto del ejército como el mejor caballero, el más centrado, el más decidido.

Esta premisa es ya muy divertida si sabemos leer, ver y comprender que esa inexistencia tan puramente voluntariosa puede suplir cualquier inconveniente. Como el de no tener físico, por ejemplo.

Como es de prever, esa perfección absoluta desata celos y envidias en otros caballeros y de ahí le llegará una parte de sus problemas. Por otro lado, ese brillo por encima de los demás, atrae a una dama hasta el punto de enamorarse de esa figura ideal. Pero, claro, Aguilulfo no puede sentir amor. En esa marcha hacia el campo de batalla también conoce la amistad de otro caballero, que es un sentimiento tan ligado a la lealtad de un soldado, que Aguilulfo sí que llega a conservar.

Como no quiero hacer más espóiler del que he revelado más arriba, invito a los lectores de DivagArte a leer ese delicioso escrito y disfrutar de un caballero que, si no existió, debería de haberlo hecho.

Coda o resumen

Preguntando a Italo Calvino el porqué de esta trilogía, contesto: «He querido hacer una trilogía de experien­cias obre cómo realizarse en cuanto seres humanos: en El caballero inexistente, la conquista del ser; en El vizconde Demediado, la aspiración a sentirse completo por encima de las mutilaciones impuestas por la sociedad; en El barón Rampante, un camino hacia una plenitud no individualista alcanzable a través de la fidelidad a una autodeterminación individual: tres grados de acercamiento a la libertad. Quisiera que pudieran ser vistas como un árbol genealógico de los antepasados del hombre contemporáneo, en el que cada rostro oculta algún rasgo de las personas que están a nuestro alrededor, de vosotros, de mí mismo».

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