DivagArte: Sus satánicas majestades, The Rolling Stones: el concierto de mi vida
Magia y cosmos unido en un acontecimiento único en el mundo y en la vida

Foto de apertura The Rolling Stones

by | Sep 19, 2026 | #Manchacultura

Crónica del 7 de julio del 82 en Madrid. Nos citamos tres fuerzas extraordinariamente podero-sísimas: el cielo, Madrid y los Stones. Irrepetile.

«¿De los Beatles o de los Rolling?» era una pregunta muy frecuente entre los jovencitos españoles de los sesenta y setenta. Y la respuesta era una declaración determinante: o eras de los míos o de los otros. No es que fuéramos enemigos –como los Mods y los Rockers–, pero era una declaración que nos situaba entre los jóvenes que el mundo aceptaba… o entre los que, como tábanos incómodos y molestos, picábamos a la sociedad hasta hacerla desesperar.

En realidad los miembros de los Beatles y de los Stones eran amigos. Eran ingleses, eran músicos, eran jóvenes, reían, se divertían y se drogaban juntos. Solo que la imagen pública de unos y otros difería bastante para nuestros ojos.

Los Beatles estaban por la «espiritualidad religiosa hinduísta» y los Stones estaban más por la «materialidad pragmática y sexuada». Bueno, es una reducción, pero nos vale para entendernos. No en vano los Rolling Stones fueron apodados universalmente como «Sus satánicas majestades». En realidad esa dicotomía era más difusa pero a nosotros, los jóvenes del momento, nos ayudaba a situarnos y a adscribirnos a la pertenencia a un grupo, que tanto se busca en la adolescencia y en la juventud para no sentirse solo en esa época tan difícil de la vida donde cada cual busca estar rodeado de otros para no verse aislado y perdido –aunque lo está–.

Entrar en la discusión musical entre Beatles y Stones es una tarea gigantesca porque se trata de los dos grupos más influyentes e icónicos de la historia de la música popular, de la época más efervescente y rica de la cultu­ra moderna y contemporánea musical. Así que lo dejo aquí. Pero, claro, ya sabéis que yo era de los Rolling… obvio. Porque esa santidad religiosa de los Beatles me parecía una filfa, un engañabobos, una impostura (ahora se dice «postureo») y en cierta forma una mentira de márquetin. Y lo de los Rolling Stones me parecía más honesto: «no somos santos, somos como tú… a veces buenos, a veces no».

El siete de julio de 1982

Tenía yo 22 añitos. Coleccionaba varios discos de los Rolling que me encantaban. Me enteré varios meses antes de que venían a Madrid como parte del «Mundial Cultural» de la Copa del Mundo de fútbol que organizaba España en 1982. Y fui el primer día de venta a por mi entrada. La conseguí de puro milagro porque las 70 000 entradas se agotaron en pocas horas. Fui a la cola y me la compré: 2 000 pesetas que ahora serían – contemplando la inflación– unos 65 euros. En aquellos tiempos esa cantidad era una salvajada para mi maltrecha economía de vendedor de El Rastro, como ya visteis en esta entrega de mi Movida Madrileña. Pero era una oportunidad única.

Y llegó el día. Era 7 de julio y el calor en Madrid era brutal. Las colas en los alrededores del estadio Vicente Calderón a media tarde eran tremendas y vimos personas que sufrieron desmayos y tuvimos que turnarnos para no perder el sitio de la cola, llevarlas a las ambulancias que estaban desplegadas y dejarlas allí, al cuidado de los médicos. Porque uno estaba bien y quería entrar.

Yo estuve ahí

El caso es que ese calor salvaje terminó por formar una inesperada tormenta de convección. Esas tormentas que a veces terminan en granizo –¡en pleno verano!– y a veces en torrente de agua salvaje, acompañada de vientos desatados… pero entonces, en la cola para entrar, no sabíamos lo que nos esperaba.

Cuando llegamos al estadio –una hora antes de que abrieran las puertas– ya había colas inmensas. Teníamos la entrada numerada con la puerta por donde debíamos entrar. Y allí permanecimos, al sol y de pie, a que abrieran las puertas y poder correr para posicionarnos lo más cera posible del escenario y con 40 grados de calor sobre nuestras cabezas.

La espera se hizo eterna. La gente se tiraba por la cabeza las botellas de agua helada que había traído para beber… y las de Cocacola también. Necesitábamos enfriar nuestras cabezas castigadas con un implacable sol que ablandaba hasta incluso nuestro ánimo.

Mil cien policías custodiaban el recinto. Las autoridades del momento preveían una horda salvaje de rockeros bestias destrozando todo a su paso. Pero nada de eso ocurrió.

Tras la exasperante espera en las colas, conseguimos acceder al estadio –los que no terminamos en una ambulancia con un golpe de calor o un desvanecimiento–. Y allí empezó una carrera por bajar al césped y alcanzar el escenario lo más cerca posible. Más o menos conseguí situarme bastante bien porque mucha peña decidió irse a las gradas y ver el concierto con posibilidad de sentarse, después de la larga y sofocante espera de pie fuera del recinto. Objetivo número uno cumplido: yo estaba a unos 10 metros del escenario. El sufri­miento pasado había merecido la pena.

Nos mirábamos ya con la certeza de que estábamos ahí. De que veríamos, por fin, a los míticos Rolling Stones. Pero no tan rápido. Como teloneros de los Stones actuaba la J. Geils Band, un grupo que nos encantó, porque nos supo calentar con una música estupenda… Peeeero… resulta que tardaron en salir una hora más. Desde que entramos hasta que la musiquita de bienvenida de la megafonía cesó y comenzaron los primero acordes de la Geils Band ya nos habíamos vuelto a disolver como un azucarillo en café hirviente.

El concierto de Los rolling, en la portada de el diario El País

El exagerado retraso de una hora estuvo a punto de acabar conmigo. Pero resistí. Es verdad que tenía 22 añitos y con esa edad casi todo se aguanta, pero fue frustrante y agotador. De hecho nos regaron con man­gueras desde el sistema de regadío del estadio para intentar paliar el bochorno que amenazaba con transfor­mar el Calderón en un hospital de campaña plagado de gente con lipotimias y golpes de calor. Pero estába­mos tan ilusionados con ver a los Rolling, que aguantamos casi todos en paz y buena armonía ante el pasmo de los policías que esperaban una revuelta popular. Tras la actuación de la J. Geils Band, que fue estupenda, el escenario se quedó vacío.

El concierto de los Stones protagoniza absolutamente la portada del Diario 16

Entonces, como ocurre muchas veces en la Meseta, cuando un día se presenta cargado de calor extremo, a nuestros 600 metros de altitud sobre el nivel de mar, se fue generando una respuesta térmica llamada convec­ción. Y una convección térmica suele acabar en tormenta de verano. Unas veces más suave y otras más bestia.

El calor del aire ardiente que ascendía desde el suelo de la ciudad con demasiada rapidez a las capas más altas se estaba enfriando también con demasiada rapidez al subir tan deprisa. Y se comenzaron a formar, por condensación térmica, nubes cargadísimas de electricidad. El viento comenzó a soplar con más furia cada minuto, el cielo se oscureció con rapidez y la tormenta de convección nos miró a la cara y nos dijo: “os vais a acordar de mi…” Dicho y hecho.

Mis entradas de los conciertos de 1982 y 1990. En 8 años duplicaron el precio

Unos minutos antes, los enormes globos de helio que se suponía que debían flotar y mantenerse sobre el decorado del escenario se agitaban al amor de un viento tormentoso que amenazaba con derribarlos. Pero el viento y la tormenta –que también vinieron a ver a los Rolling– esperaron justo al momento en que Mick Jagger, Keith Richards, Ron Wood, Charlie Watts y Bill Whyman se asomaban al público del Calderón. Y allí comenzó algo mágico.

El speaker anunció por megafonía: “Ladies and gentlemen… ¡The Rolling Stones!” y los Stones aparecían sobre el escenario al mismo tiempo que el cielo vertió el agua de un océano sobre Madrid de tal manera que no los pude ver. Todos gritábamos de alegría al identificar los primeros acordes de la canción “Under my Thumb”, pero no los vimos. Tal era la cortina de agua que se interponía entre los Rolling y nosotras.

A veces llueve muy fuerte con gotitas pequeñas, como en invierno. A veces llueve poco, pero con gotas gordotas, como en verano… Pero ese día llovió a mares con gotas enormes que hacían daño al caer sobre nuestros hombros desnudos y nuestras cabezas.

Jagger salió a cantar con un chubasquero ridículo con capucha y que solo por detrás le cubría hasta los pies –parecía un frac con capucha de color rosa–. La maravillosa canción que abría el concierto avanzaba al mismo paso que la tormenta se enfurecía –o quizá es que esa tormenta quería bailar al son de los Rolling–.

Se habían dicho muchas cosas las semanas antes del concierto. Una de las cosas que se dijeron es que el equipo técnico de sonido de los Stones lo había construido la NASA, la agencia espacial yanqui. Seguramente fuera un bulo, pero eso se dijo. Y, claro, algunos de los que estaban allí dudaban de que esa tormenta fuera natural y preguntaban en voz alta a su alrededor, alucinados: “¿esta tormenta la ha montado la NASA?”, porque todo parecía demasiado guionado para que fuera una casualidad. Era un espectáculo humano y natural tan bien montado y coordinado que daba pie a la duda.

Pero había una cosa clara: en la última línea del reverso de la entrada se podía leer que “Este concierto se realizará cualquiera que sean las condiciones meteorológicas”. Y tenían que salir a tocar.

La última línea aclara que el concierto se celebraría bajo cualquier circunstancia meteorológica

El caso es que el viento quiso participar. Y la tormenta también. Y entre estos dos elemento derribaron el decorado del escenario ante la desesperación de los “pipas” (los auxiliares técnicos) que intentaban sujetar el escenario que estaba construido con acero, pero rodeado de telas que actuaban como velas y amenazaban con derrumbarse sobre el público y ocasionar una hecatombe.

Poco a poco la tormenta se hinchó y hartó de Rolling Stones y se fue retirando, satisfecha, de ese conciertazo mítico. Las tormentas de verano es lo que tienen… que vienen deprisa y se van rápido también. Y poco a poco nos fuimos secando porque hasta los calzoncillos los tenía yo mojados… con ese mar de agua que se vino a acompañarnos a todas las madrileñas y gentes de todo el Estado que vinieron a compartir esa noche mágica con los Stones y con el cielo de Madrid.

Mis discos de los Stones

Nos asamos, bailamos, cantamos con ellos y nos empapamos. Y cuando terminó el concierto me invadieron dos sensaciones contrapuestas. Una, de inmensa alegría de haber sido testigo de un espectáculo único en el mundo y otra… una tristeza infinita de que aquél momento mágico no se repetiría nunca más. Porque volví a ver a los Stones en Madrid… pero no fue lo mismo. Ni de lejos.

Para quienes dudéis de lo contado aquí, os paso este trocito de vídeo que tiene una calidad HORRIBLE, pero es un documento histórico del momento de los hechos. Son solo cuatro minutitos, pero se ve que los elemen­tos se presentaron ante los Stones y ante nosotros… y nos llenaron de alegría y de vida.

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