«Deja el móvil».
Parece una solución sencilla cuando hablamos de adolescentes y redes sociales, si pasan demasiado tiempo conectados, si se comparan con los demás, si duermen con el teléfono al lado o si empiezan a mostrar señales de malestar, siempre aparece alguien dispuesto a decirles que apaguen la pantalla y salgan un rato a la calle.
Y seguramente, en muchas ocasiones, no sea un mal consejo, el problema es cuando convertimos ese consejo en la solución.
Esta semana, dos noticias relacionadas con Instagram me han hecho pensar precisamente en esto, Meta ha acordado pagar miles de millones de dólares para cerrar las demandas que la acusan de haber diseñado Facebook e Instagram para enganchar a los menores y, mientras tanto, el jefe de Instagram, Adam Mosseri, ha reconocido ante un tribunal que no existen «soluciones mágicas» para protegerlos.
No creo que Instagram sea el responsable de todos los problemas de salud mental de nuestros adolescentes, sería demasiado fácil, la salud mental no funciona así y reducirla a una aplicación, por importante que sea, sería ignorar todo lo que hay alrededor de una persona.
Pero tampoco me parece justo colocar toda la responsabilidad sobre el adolescente.
Porque hablamos de personas que todavía están aprendiendo quiénes son, cómo relacionarse con los demás, cómo gestionar lo que sienten y, en muchos casos, hasta cómo encajar en un mundo que ya de por sí les está poniendo demasiadas cosas delante, y en medio de todo eso tienen una herramienta diseñada para conseguir algo muy concreto: que sigan mirando.
Por eso creo que hay que tener cuidado con ese discurso de «tienes que aprender a controlarte».
Sí, claro que hay que enseñar a utilizar las redes sociales, hay que hablar de comparación, autoestima, dependencia, privacidad, descanso y de todas esas cosas que forman parte del bienestar digital.
Pero también tenemos que hablar de cómo están diseñadas las propias plataformas, porque no es exactamente lo mismo decirle a alguien «utiliza menos el móvil» que preguntarnos por qué le resulta tan difícil dejarlo.
Y aquí tampoco creo que la solución sea prohibir las redes sociales.
Las prohibiciones pueden parecer muy sencillas, pero nuestros adolescentes van a vivir en un mundo en el que las redes sociales van a estar presentes, no podemos educarlos para un mundo sin Instagram, TikTok o cualquier otra plataforma que aparezca mañana.
Tenemos que educarlos para vivir con ellas, y eso implica enseñarles a utilizarlas, sí, pero también exigir que quienes las crean entiendan que no están diseñando solamente una herramienta de entretenimiento, están creando espacios en los que pasan muchas horas personas que todavía están aprendiendo a conocerse a sí mismas.
Cuando hablamos de salud mental, solemos poner mucho énfasis en la responsabilidad individual: aprende a gestionar tus emociones, pon límites, desconecta, pide ayuda.
Y todo eso es importante, pero también hay algo que a veces olvidamos, nadie vive aislado de su entorno.
No podemos pedir constantemente a una persona que sea fuerte, que se proteja, que tenga autocontrol y que aprenda a gestionar todo lo que le afecta, mientras construimos a su alrededor entornos que hacen cada vez más difícil hacerlo.
Porque quizá el problema no sea solamente que un adolescente no sepa dejar el móvil, quizá también tengamos que preguntarnos qué hemos construido para que dejarlo sea tan difícil.
Y esa pregunta, probablemente, sea bastante más incómoda que decir simplemente:
«Deja el móvil».

