Hablar de salud mental en 2026 ya no debería ser algo excepcional. Lo hacemos en redes, en medios, en campañas institucionales y hasta en conversaciones cotidianas. Pero hay una realidad que sigue estando demasiado silenciada: en la sanidad pública faltan recursos y, muchas veces, falta formación específica en salud mental compleja.
Y eso no es un matiz, puede cambiar una vida.
No todas las personas llegan a consulta con ansiedad “de manual”, una depresión reconocible o un relato fácil de ordenar. Hay trastornos complejos, traumas severos, cuadros disociativos o síntomas que pasan desapercibidos durante años porque el propio cerebro ha aprendido a sobrevivir escondiéndolos.
El problema es que, cuando el sistema no está preparado para este tipo de realidades, muchas personas pasan años siendo malinterpretadas, no porque nadie quiera hacer daño, sino porque no siempre existen herramientas suficientes para mirar más allá de lo evidente.
Y cuando eso ocurre, al sufrimiento del propio trastorno se suma la sensación de no ser entendido.
Uno de los grandes problemas de la salud mental pública es el tiempo, el tiempo para conseguir una primera cita y, después, el tiempo entre consultas.
Hay pacientes que esperan meses para ser atendidos y que, cuando por fin consiguen una consulta, vuelven a tener otra cita semanas o incluso meses después. En trastornos complejos, esos tiempos no son neutros.
Entre una consulta y otra la vida sigue, las crisis siguen apareciendo y muchas personas tienen la sensación de quedarse completamente solas. A veces da la impresión de que el sistema está pensado para contener urgencias puntuales, pero no para acompañar procesos largos y complejos.
Y la salud mental no funciona así. Hay personas que necesitan continuidad, seguimiento y profesionales que conozcan su caso de verdad, no consultas rápidas donde todo debe comprimirse en pocos minutos.
Y eso genera una paradoja muy dura: hay personas que pasan años luchando para que alguien les crea, otros años esperando un diagnóstico y, cuando finalmente lo consiguen, descubren que apenas hay profesionales que sepan cómo abordarlo dentro de la sanidad pública, como si el diagnóstico fuera el final del camino, cuando en realidad suele ser solo el principio.
En muchos casos, los propios pacientes terminan teniendo que explicar sus síntomas, buscar información por su cuenta o ir de consulta en consulta esperando encontrar a alguien que entienda lo que les ocurre.
Y eso no debería recaer sobre personas que ya están intentando sostener su salud mental.
La sensación de abandono aparece precisamente ahí: cuando sabes lo que te ocurre, pero no encuentras quién sepa tratarlo.
Porque tener un diagnóstico no garantiza recibir un tratamiento adecuado. Y ese vacío es uno de los puntos más duros del sistema.
También es frecuente que, durante años, se haya escuchado que “todo está en tu cabeza”, que “estás exagerando” o que “eso no existe”. El estigma no siempre viene de fuera; a veces también aparece dentro del propio sistema sanitario.
Se insiste mucho en que hay que pedir ayuda, y es cierto. Pero pedir ayuda no basta si al otro lado no hay recursos suficientes, si las listas de espera son interminables o si, incluso después del diagnóstico, no existen profesionales que sepan acompañar determinados casos.
Hay personas que sobreviven años hasta que, por fin, alguien escucha sin invalidar. Y cuando eso ocurre, muchas veces aparece la misma frase: “ojalá haber encontrado antes a alguien que supiera de esto”.
Porque diagnosticar sin recursos también es una forma de abandono.
La salud mental pública necesita más inversión y más profesionales, sí, pero sobre todo necesita asumir algo básico: que no todas las realidades encajan en los mismos esquemas, y que sin formación suficiente, demasiadas personas quedan fuera del sistema incluso estando dentro de él.

