La próxima semana se cumplirán dos años del hecho que hizo explotar mi vida.
No fue el inicio de lo que me ocurría, tampoco el origen de mi sufrimiento. Fue simplemente el momento en que algo que llevaba mucho tiempo sucediendo dejó de poder seguir oculto.
Cuando miro hacia atrás veo señales por todas partes, algunas eran visibles y otras mucho más difíciles de detectar. Pero lo que más me llama la atención no es que nadie supiera interpretarlas, es que yo tampoco podía hacerlo.
Vivimos en una sociedad que necesita respuestas rápidas, nos sentimos cómodos cuando encontramos explicaciones sencillas para situaciones complejas.
Si alguien cambia mucho, es inestable, si olvida cosas, es despistado, si se contradice, no sabe lo que quiere o miente, si se desorienta o reacciona de forma que no encaja, asumimos que exagera o busca llamar la atención.
Las explicaciones simples nos tranquilizan porque nos hacen creer que entendemos lo que tenemos delante.
Pero la realidad casi nunca es tan sencilla.
Esto no ocurre solo en los trastornos disociativos. Ocurre en la salud mental en general, ocurre cuando alguien vive con esquizofrenia y su conducta se interpreta como rareza o desconexión, o cuando hay un trastorno de la conducta alimentaria y se reduce a una cuestión de control o voluntad, o cuando hablamos de trastorno bipolar y se simplifica como cambios de ánimo, o en la agorafobia, que se confunde con “no querer salir”, o en el TOC, que se banaliza como manías o caprichos.
Cambiamos sufrimiento por etiquetas rápidas, porque mirar más allá exige tiempo, atención y, a veces, incomodidad.
En salud mental solemos fijarnos en lo que se ve desde fuera, observamos conductas y construimos explicaciones rápidas, pero muchas veces estamos viendo solo la superficie de algo mucho más profundo.
Y hay trastornos en los que la distancia entre lo visible y lo real es enorme.
Cuando hablamos de trastornos disociativos, y especialmente del Trastorno de Identidad Disociativo (TID), muchas personas imaginan que quien lo padece es consciente de que algo extraño ocurre y simplemente no sabe cómo explicarlo.
La realidad suele ser otra, la persona nunca sabe que tiene ese trastorno, no es negación ni falta de voluntad, es que vive dentro de una realidad que le resulta normal porque es la única que conoce.
¿Cómo vas a pedir ayuda para algo que no sabes que existe?
¿Cómo vas a relacionar lo que te ocurre con la amnesia disociativa si ni siquiera sabes que existe?
¿Cómo vas a reconocer pérdidas de memoria si la propia amnesia dificulta que seas consciente de ellas?
En el TID esto se intensifica: la vivencia interna puede ser fragmentada y confusa, pero completamente normalizada por quien la experimenta, porque no existe un marco previo para interpretarla.
Durante años pueden existir lagunas, contradicciones o desorientaciones sin que la persona entienda que forman parte de un trastorno, no porque no quiera verlo, sino porque no tiene herramientas para hacerlo.
Y esto no es exclusivo del TID. También ocurre en otros trastornos complejos como la esquizofrenia, los trastornos de la conducta alimentaria, el trastorno bipolar, los trastornos de la personalidad… por citar algunos, ya que en los trastornos de la salud mental suele ocurrir siempre lo mismo: lo que se ve desde fuera no siempre explica lo que ocurre por dentro.
Por eso es tan importante aprender a mirar cuando todo parece indicar lo contrario, mirar cuando las explicaciones fáciles parecen suficientes, mirar cuando algo no encaja, mirar cuando alguien sigue sufriendo sin una respuesta clara, mirar cuando lo evidente no alcanza.
No se trata de diagnosticar ni de ser especialistas, se trata de escuchar, de observar, de aceptar que quizá no tenemos toda la información. Y de entender que detrás de algunos comportamientos puede haber una realidad mucho más compleja de lo que parece.
Como ya he dicho, hace dos años mi situación explotó y no fue el inicio, sino el punto de inflexión que obligó a poner nombre a algo que llevaba casi toda la vida ahí.
Pero si hoy puedo escribir esto no es solo por los profesionales que llegaron después.
Es también porque hubo una persona que decidió mirar cuando casi todo el mundo dejó de hacerlo, cuando las explicaciones fáciles parecían suficientes, ella siguió haciéndose preguntas, cuando otros creían tener respuestas, ella aceptó que quizá no estaban viendo todo el cuadro, y permitidme escribir sobre ella.
Xandra vio señales que yo no podía ver, no porque no quisiera, sino porque no sabía que aquello que vivía podía tener una explicación. No conocía el TID ni la amnesia disociativa, ni que muchas de esas experiencias podían ser síntomas.
Y también hubo algo más: muchas personas alrededor prefirieron no mirar demasiado, ya que es más fácil quedarse con una explicación simple que aceptar que quizá no entiendes lo que tienes delante.
Xandra hizo lo contrario.
Miró, preguntó, dudó de lo evidente. Y se quedó.
Se quedó cuando no había respuestas, se quedó cuando todo era confuso, se quedó cuando lo fácil habría sido irse.
Gracias a eso hoy tengo un diagnóstico, y, sobre todo, tengo respuestas.
Por eso, al acercarse este segundo aniversario, no quiero recordar solo lo duro, también quiero recordar a quienes saben mirar.
Porque a veces la diferencia entre perderse y empezar a entender no empieza en una consulta, empieza cuando alguien decide no apartar la mirada.
Ojalá haya más Xandras en los entornos de quienes sufren, personas que miren más allá de lo evidente, que pregunten cuando nadie pregunta y que se queden cuando todavía no hay respuestas.
Porque hay vidas que cambian con un diagnóstico. Pero muchas veces ese diagnóstico solo llega porque antes alguien decidió mirar y acompañar.

