Durante los coloquios ‘Herencia en Blanco y Hierbabuena‘ celebrados la semana pasada en los que #Tintamanchega participó como entidad conductora, hubo una idea que apareció de manera recurrente en las intervenciones tanto en la sesión con la Hermandad de Pandorgos, como en la de la Asociación de Dulcineas y Damas Manchegas: cada persona vive la Pandorga de una forma diferente.
Para algunos representa devoción; para otros, memoria familiar, tradición, música, convivencia, reencuentro o simplemente una jornada compartida en las calles de Ciudad Real. Esa diversidad constituye precisamente una de las razones por las que merece la pena acercarse a la fiesta.
La Pandorga forma parte de la identidad de Ciudad Real, pero esa pertenencia colectiva admite relaciones muy distintas. Cada vecino y vecina puede encontrar su propia manera de participar, seleccionar los actos que mejor encajen con su sensibilidad y construir una relación personal con la celebración. Una ciudad plural necesita también formas plurales de vivir sus tradiciones.
La Pandorga conserva una raíz religiosa evidente, vinculada a la ofrenda a la Virgen del Prado y a una manera histórica de comprender la comunidad. Esa herencia explica buena parte de sus símbolos, sus figuras y sus ceremonias. Reconocerla ayuda a entender de dónde procede la fiesta y cómo se ha construido una parte importante del imaginario de Ciudad Real.
La ciudad actual, sin embargo, reúne sensibilidades mucho más amplias. En ella conviven creyentes, no creyentes, personas de otras confesiones y personas que mantienen una relación más cultural, familiar o crítica con la tradición. La Pandorga puede acoger todas esas miradas, siempre que aceptemos que una celebración popular no tiene que significar exactamente lo mismo para todos.
Se puede acudir por devoción, por costumbre familiar, por interés histórico, por el folclore, por encontrarse con amigos o por participar durante unas horas en la vida común de la ciudad. También se puede asistir con curiosidad, con distancia o con preguntas. La pertenencia no exige adhesión completa a una idea. Participar permite disfrutar de aquello que nos une, observar aquello que nos resulta ajeno y señalar aquello que consideramos necesario revisar.
La Pandorga ofrece, además, una oportunidad para mirar la ciudad más allá de nuestros círculos de siempre. La memoria colectiva se construye muchas veces mediante la repetición. Una historia se cuenta, se repite y se transmite hasta convertirse en una especie de certeza. Con frecuencia, terminamos recordando aquello que hemos escuchado muchas veces, incluso cuando nuestra experiencia directa ha sido escasa.
En torno a la fiesta también circulan relatos repetidos. Algunos la presentan como una tradición perfecta, inalterable y representativa de toda la ciudad. Otros la reducen a una celebración cerrada, antigua o exclusivamente religiosa. Ambas miradas pueden contener partes de verdad, pero también simplificaciones nacidas de la distancia, de la costumbre o de la convivencia dentro de burbujas donde las mismas ideas se confirman una y otra vez.
Acercarse a la Pandorga permite comprobar qué hay de realidad, qué pertenece al tópico, qué elementos permanecen y cuáles han cambiado. Permite escuchar a quienes viven la tradición desde la fe y a quienes se relacionan con ella desde otros lugares. También ayuda a comprender tanto el afecto que despierta como las críticas que provoca. La experiencia directa aporta matices y convierte nuestras opiniones en posiciones más conscientes.
Este conocimiento resulta útil para quienes defienden la fiesta y para quienes desean transformarla. Los primeros deben aceptar que Ciudad Real ha cambiado y que ninguna tradición puede reclamar una interpretación única, ya que evoluciona. Los segundos pueden encontrar en la presencia una vía para conocer mejor aquello que cuestionan y formular propuestas más concretas. La crítica adquiere mayor capacidad de incidencia cuando se acompaña de observación, participación y diálogo.
Las tradiciones evolucionan porque también evoluciona la sociedad que las celebra. La Pandorga que hoy conocemos ya es el resultado de cambios, adaptaciones, intereses, costumbres, incorporaciones y nuevas formas de participación. Su continuidad dependerá de su capacidad para seguir dialogando con la Ciudad Real contemporánea, con sus distintas generaciones, sensibilidades, creencias y maneras de entender la identidad local.
Por eso merece la pena acudir a la Pandorga. Para celebrar, recordar, conocer, observar, compartir y pensar. Para entender mejor de dónde venimos y decidir qué relación queremos mantener con esa herencia. Para encontrarnos con nuestros vecinos y vecinas, y descubrir que una misma fiesta puede contener experiencias muy distintas. Para reconocer aquello que todavía nos une y debatir aquello que necesita avanzar.
La Pandorga pertenece a Ciudad Real y, por tanto, también a la pluralidad de personas que hoy construyen la ciudad. Cada una podrá vivirla desde la devoción, el afecto, la curiosidad, la convivencia o la mirada crítica. La Pandorga seguirá viva mientras Ciudad Real pueda vivirla de muchas maneras.

