DivagArte: El cine de mi vida (1900-1919)
Un arte supremo que aúna literatura, imagen y música para tocarnos el corazón

El cine de mi vida (1900-1919)

by | Sep 5, 2026 | #Manchacultura

Si algo me mueve las entrañas de manera masiva es el arte cinematográfico, que bebe de otras artes para mostrar lo mejor y lo peor de la humanidad.

He hablado poco de cine, por no decir que casi nada (hablé de los cines Alphaville en esta columna y del Cinestudio Griffith, en esta otra). Pero no de las películas propiamente… y ya es hora de rendirle homenaje a esas pelis que me hicieron sonreír, reír y llorar. No tengo estudios sobre nada relacionado alrede­dor el cine pero, como toda mi trayectoria en esta columna, hablo de mis sentimientos al recibir la caricia de este arte y esta parte de la cultura que me movió los adentros hasta hacerme sudar de emoción.

El campo es vastísimo. Casi no sé por dónde empezar… Así que me guiaré por la historiografía, a ver si consigo centrarme y recordar ese sentimiento que me rodeó cuando una película me elevaba del suelo, me acariciaba y me sacudía con mucha pasión.

Es evidente que las pelis antiguas, de los años 1900 a los años 50, las vi ya de mayor –soy viejo, pero no para tanto–. Y es evidente también que el lenguaje cinematográfico ha cambiado muchísimo desde aquel momen­to, a mediados del siglo XIX en que los hermanos Lumière inventaron el arte cinematográfico, hasta hoy.

Una actriz sostiene una baraja de cartas con un tres de tréboles en la mano y porta un crucifijo en el cuello
Una actriz sostiene una baraja de cartas con un tres de tréboles en la mano y porta un crucifijo en el cuello

Luego, las pelis contemporáneas las vi en su momento. Como en los sesenta, setenta y ochenta no existía internet, las pelis que vi las disfruté porque las ponían por la tele o en una sala de cine como las menciona­das arriba. Antes de las palomitas y las bolsas de patatas fritas que tanto me revientan. Porque, llamadme viejo, pero eso de ir al cine como cuando uno está en el salón de su casa es una experiencia que para mi es muy desagradable.

Se me sienta al lado un tipo con su pareja y sus dos hijos adolescentes. Con un cubo gigante de palomitas, sendos vasos grandes de bebida que sorben con gran estruendo, varias bolsas de patatas fritas, ganchitos y diversos snacks… y claro, se creen que están en el salón de su casa. Y como se creen que están en el salón de su casa, pues comentan en voz alta, y alguno pide: ¿Oye, quién tiene los ganchitos… pásamelos?”… Y claro, me quiero morir. Porque la tensión de la acción, el drama de un personaje o el misterio que la música de la peli ha ayudado a sembrar en mi ánimo… pues se me va a la mierda con tanta cháchara.

Así que hace tiempo que no voy a esas salas que tienen un bar, del tamaño de un supermercado, con mil productos que hacen ruido al abrir las bolsas, que suenan crujientes en las bocas abiertas de la peña. Peña que no se sabe callar y que se preguntan entre ellos en voz alta. “¿qué ha dicho, qué ha dicho?”. Espantosa expe­riencia para mi, que iba al cine como en un acto casi litúrgico, una atmósfera mágica donde te abandonabas al arte actoral y al camino que el director se esforzaba en mostrarte. Soy viejo, ya lo sé.

¿Por dónde empezamos?

Pues por el principio. Gracias a los cines de los que os hablé al principio y a los ciclos que se organizaban en los llamados “cines de arte y ensayo” uno pudo disfrutar de películas de los primeros años. Y ahí me voy a centrar.

Bueno, empezamos por la primera década del siglo XX. Hubo muchas pelis en esa década porque los cineastas sabían que a finales del XIX se hacían mini-cortos de un par de minutos porque acababa de nacer este arte, pero también eran conscientes de que se podía contar una historia más allá de documentar una entrada de obreros y obreras a una fábrica o la llegada de un tren a una estación.

Y allí comenzó el arte de la narración cinematográfica. Hay varias películas que me enternecen. Quizá su explosión narrativa estaba por construir, pero ciertos pioneros ilustres supieron verle la punta a ese lápiz con el que firmar páginas doradas de este arte. Yo me centro en dos. Me gustaría ver toooodas las pelis de esa década. Con el tiempo lo haré, pero de momento me quedo con dos.

La primera película que me enterneció sobremanera fue Viaje a la luna (Le voyage dans la lune, 1902) del director francés Georges Meliès. Esa imagen naïf, infantil, de la luna con un cohete encastrado en el ojo derecho es una imagen icónica de nuestra cultura occidental. La peli dura 14 minutos, que era una barbari­dad para la época. Meliès, que actúa al principio de la peli como el científico que propone el viaje, era un actor de teatro. Quizá por ahí se entiende esa exageración, rayana en el histrionismo de la época.

El cartel de la peli de Méliès del Viaje a la luna
El cartel de la peli de Méliès del Viaje a la luna

Su corto argumento es delicioso: unos científicos franceses discuten y deciden intentar un viaje a la luna con un cohete en forma de proyectil o, como diríamos hoy, un misil. Cuando llegan a la luna, se le clava a nuestro satélite en un ojo (la luna, a veces, vista desde la tierra tiene “carita” y Meliès lo aprovechó con mucho arte). Luego, al alunizar y explorar el terreno, los astronautas se encuentran con una raza de selenitas, habitantes de la luna, que los tratan como en la época se imaginaba que trataron las tribus de nativos americanos a Colón en su llegada a América, pero con un poquito más de mala leche. Los selenitas llevan a los astronautas ante su rey y… bueno, no voy a hacer espoiler. Mejor buscadla en Internet y disfrutad.

Bueno, venga… seré complaciente y os la ofrezco entera aquí. Tenéis que tener casi dos minutos de paciencia porque el organismo argentino que nos lo ofrece va titulando su importancia. Pero a los dos minutos tenéis la peli.

La segunda película que me enternece es Asalto y robo a un tren (The Great Train Robbery, 1903), de Edwin S. Porter. Son 12 minutos de film donde asistimos a un western –quizás el primero– con todas la de la ley (violada, por cierto).

Es una historia del asalto a un tren, evidentemente, como deja claro el título: no engaña a nadie. Unos facine-rosos obligan a un empleado de telégrafos a mandar un mensaje para parar un tren con el objeto de robarlo. Suben, revientan la caja fuerte, asaltan a los pasajeros y pasajeras y cuando uno huye lo matan. Se escapan a caballo y cuando entran en una cantina de un pueblo abusan de los parroquianos y los obligan a saltar sobre los disparos al suelo para que “bailen” al compás de su ritmo deleznable. Tampoco haré espoiler de cómo acaba, así que lo buscáis y los disfrutáis.

El famoso fotograma de Great Train Robbery donde el espectador se ve disparado por el actor y otro momento de la película
El famoso fotograma de Great Train Robbery donde el espectador se ve disparado por el actor y otro momento de la película

Hay una escena icónica en que un forajido dispara a la cámara, haciendo que el espectador sienta que se le ha disparado a él. En esos momentos se estaba escribiendo las primeras páginas del punto de vista cinematográ­fico y su efecto en el espectador. Luego de eso, casi todo se ha repetido.

Bueeeno… pues también seré complaciente y os enlazo la peli entera.

La próxima entrega de esta serie recorrerá los años veinte, donde ya la producción se hizo más masiva y tendré muchas pelis que repasar de las que me emocionaron de jovencito.

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